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Opción 2.


…¿La abrimos o no?

La abrieron y no había absolutemente nada.
-Es una caja común y corriente- dijo Francisco , -¡bajemos así jugamos a la econdida!-.
Los tres niños bajaron y olvidando este simple hecho comenzaron a jugar a la escondida.

-1…2…3- empezó a contar Francisco.
Josefina y Antonio corrían desesperados tratando de encontrar el escondite perfecto. La niña se escondió detrás de las cortinas del pasillo, pero Antonio quería ser el gran ganador de este juego, y no se contentaría con el primer escondite que encontrara.
Primero  se econdió debajo del auto de su padre, que como ahora no estaba, se encontraba en total abandono. Sin confomarse siguió su búsqueda decidió camuflarse en la hiedra del patio trasero, pero no iba a funcionar, ya que tenía puesta una camisa blanca y Francisco lo encontraría facilmente. Fue entonces cuando pensó- En la casa del árbol nadie me encontrará-. Corrió rápidamente antes que Francisco terminara de contar, subió la escaleras que estaba clavada al tronco y entró en la casita.

-28…29….30….¡Salí!- gritó Francisco.
Antonio  se puso nervioso, no quería que su hermano lo encontrara, por lo que decidió hacer su escondite aún más difícil de encontrar y se metió en la caja.
Francisco encontró a Josefina y juntos decidieron ir en busca de su hermano mayor. Buscaron y buscaron pero no podían encontrarlo. Antonio decidió quedarse dentro de la caja el tiempo que fuera necesario. Tanto fue el tiempo que buscaron que Antonio se quedó dormido.

Cuando despertó abrió la caja y estiró los brazos. Mientras bostezaba miró a su alrededor y se dió cuenta de que ya no estaba en la casa del árbol, sinó que se encontraba en un lugar muy distinto. Era una sala cerrada y oscura. La única ventana que había en el lugar se encontraba tapada por una cortina de terciopelo rojo que no dejaba entrar mucha luz. Al centro de la sala había un escritorio de madera oscura con muchos papeles encima y un teléfono rojo.  Arriba de éste, una lámpara colgaba desde el techo iluminando unos mapas que se encontraban arriba del escritorio.  Delante de éstos, había una placa dorada que decía – Capitán Von Mullenbrock-.

Antonio estaba asustado, no entendía qué había sucedido, por qué se encontraba en ese lugar. Sintió ruidos de pasos dirigiéndose hacia él. Se metió nuevamente dentro de la caja, no sabía con quien se podría encontrar. Escuchó una puerta abriéndose y gritos de un hombre diciendo –¡No me importa cuantos vidas se pierdan, quiero ver a las tropas en el frente de Leverkusen!. –¡Sí mi capitán!- dijo un hombre que venía detrás de él y se marchó.

Antonio se dio cuenta que estaba muy lejos de la tranquilidad de su hogar, no sabía qué hacer y se preguntaba si algún día podría volver al lado de sus hermanos.

El capitán Von Mullenbrock tomó el teléfono y marcó cinco dígitos. Antonio no sabía si debí salir de esta caja y pedir ayuda o quedarse allí dentro, pues temblaba con los gritos que el hombre le dirigía a la persona que hablaba con él por teléfono. -¡Quiero a los responsables ahora ya!- gritó y colgó violentamente el teléfono. Antonio veía todo esto por un espacio que había en la caja.

Luego de cinco minutos alguien tocó la puerta. Entró un hombre de pelo gris, con un bigote grande debajo de su ancha nariz que llegaba hasta su pera. Vestía un uniforme verde con muchas medallas sobre su pecho izquierdo, más de las que Antonio pudo contar, botas negras hasta la rodilla y un gorro de visera negra que combinaba con su uniforme.

-Si mi capitán- dijo el hombre.

-Heller, necesito que me entregue el nombre del responsable a cargo de el 4º batallón de Leverkusen.

-Ese es el Mayor Becker-contestó.

A Antonio se le erizaron los pelos al escuchar que los hombres hablaban de su padre. 

-Muy bien- dijo Von Mullenbrock- quiero que lo saque de su cargo  ahora mismo y lo mande al calabozo, no me sirve alguien tan sentimental a cargo de un batallón. ¡No me sirve!...¡ él no entiende que no importa las vidas de los soldados mientras sirvan para conseguir nuestro objetivo!.

El hombre del bigote asintió con la cabeza y salió de la sala.
Antonio muerto de miedo no entendía lo que estaba pasando, era de su padre de quien estaban hablando, pero por qué razón el estaba allí, por qué de todos los lugares del mundo la caja lo trasportó a ese lugar. Después de pensar un buen rato Antonio se dio cuenta de que el destino lo mandó a la oficina de Von Mullenbrock porque tenía que hacer algo en ese lugar y que su padre estaría involucrado en todo esto.

Antonio esperó escondido dentro de la caja hasta  que Von Mullenbrock  cansado dejó su oficina, estiró sus brazos y salio de la caja. Caminó alrededor del escritorio y ojeó los papeles que estaban encima. “LISTA DE SOLDADOS HERIDOS RELEVADOS”, decía un papel. Antonio no dudó en tomar un lápiz y escribió el nombre de su padre, si no lo hacía lo más probable era que su padre nunca volvería a su hogar porque lo encerrarían.

Escuchó pasos, cada vez estaban más cerca. La caja estaba muy lejos como para esconderse en ella, Antonio no tuvo más opción que agacharse y esconderse debajo del escritorio. Los pasos pararon frente a la puerta, la abrieron siguieron su rumbo, llegaron hasta el escritorio y pararon. Eran unos tacones negros de poco taco, unas medias de lycra subían hasta un vestido que empezaba debajo de las rodillas de color gris. Debía ser la secretaria del Capitán.  Antonio estaba aterrado, la mujer debió haber escuchado los ruidos y fue a asegurarse de que no hubiera nadie. Antonio temblaba, un frío subió por su espalda y gotas de transpiración comenzaron a bajar por su frente cuando de repente la mujer tomó el papel y se marchó.

Lo había logrado, seguramente su padre sería enviado a casa pasando como un enfermo. Pronto estarían todos juntos de nuevo. Antonio volvió a la caja y esperó hasta quedarse dormido. Unas horas después despertó con los gritos de Josefina y Francisco –¡Antonio!-dijo Francisco – ¡despierta Antonio!, ya te encontramos, ahora le toca contar a Josefina. Antonio no podía creer lo que le había sucedido. Sin decir palabra alguna Antonio corrió hasta la puerta de su casa y se sentó en el escalón de la entrada. Sus hermanos extrañados lo siguieron, no comprendían el comportamiento de su hermano.

-¿Qué te pasa?- preguntó Josefina.

-Espero al papá- contestó Antonio fijando su mirada en el camino que llegaba a su casa.

-¡No seas ridículo!- gritó Francisco poniendo cara de pena –¡papá no volverá!-.

Antonio iluminó su cara con una sonrisa y mirando el camino contestó – Algo me dice que volverá, volverá más pronto de lo que pensamos- mientras la figura de un hombre caminaba por el camino en dirección a los niños.

Antonio nunca supo de dónde provino esa caja ni por qué se transportó a la oficina del capitán Von Mullenbrock, solo sabía que había sido un regalo, un regalo de los más grandes que podría haber recibido, volver a ver a su padre y tener a su familia unida nuevamente en su hogar.